La Puntita · 14 de Septiembre de 2017. 07:47h.

PABLO GÓMEZ-JUÁREZ

Pablo Gómez-Juárez

Alboroto y ley

Calles desiertas y excesivo calor para ser un 12 de septiembre. Pero yo a lo mío, caminando con cierta prisa en dirección a la librería donde Josep Borrell iba a hablar de su nuevo libro: una obra coral en la que cuatro personajes de la esfera pública catalana –todos ellos contrarios al independentismo– exponen sus argumentos para tratar de arreglar la fractura social que hoy existe en Cataluña.

El texto, que lleva por nombre “Escucha, Cataluña. Escucha, España”, no rebasa en ninguna página los límites del constitucionalismo, ya que el conjunto de sus autores protegen esa doctrina, aunque cada uno a su manera. Hay un miembro del PSC (el propio Borrell), uno del PP (Josep Piqué), un cofundador de Ciudadanos (Francesc de Carreras), y un independiente (Juan José López Burniol).

Pero, dentro de ese constitucionalismo común, el libro recoge puntos de vista diferentes para intentar remediar el actual conflicto que existe entre el poder catalán y el poder español. Porque en el fondo se trata únicamente de un conflicto de poderes, no de sociedades. Y en ese camino, Borrell aporta soluciones federalistas, a la vez que desarma y desprestigia por completo las tesis de la independencia. De hecho, este socialista nacido en La Pobla de Segur (Lleida) ya se ganó el rechazo unánime del sector independentista –cuando no el odio–, al escribir su antecedente obra “Los cuentos y las cuentas de la independencia”.

Al acto, que comenzaba a las 19:30 de la tarde, el ponente llegó sin comer, por lo que no tuvo más remedio que engullir un par de rodajas del embutido que la organización había depositado en generosas bandejas para su consumición después del evento. Además, durante la ronda de preguntas posterior, Borrell se vio en la obligación de engañar a su estómago masticando más chicles que Carlo Ancelotti en un partido de Champions.

Si el ex ministro dejó algo manifiestamente claro en su exposición es la vertiente socio-económica y geográfica que da fuerza y empuje al independentismo: la clase alta y media-alta –lo que tradicionalmente se ha denominado “burguesía catalana”–, así como las poblaciones interiores de pequeño y mediano tamaño.

Las grandes áreas metropolitanas de la costa y las ciudades que han crecido alrededor de grandes entornos industriales (como l’Hospitalet de Llobregat, Cornellá, Badalona o Santa Coloma de Gramenet) sostienen, por el contrario, el voto no nacionalista, identificado en su mayoría con capas sociales de estrato medio y medio-bajo.

Indudablemente, existe otro factor de peso a la hora de inclinar la balanza hacia a un lado o a otro: la lengua materna. Los catalanoparlantes son más independentistas que los castellanohablantes. Aunque hay de todo en la viña del Señor.

Como ya tuve ocasión de expresar en mi anterior artículo “Radicales sin suburbio”, la mayoría de los componentes de Arran (las jóvenes generaciones de la CUP) son niños pijos acomplejados que prefieren ir de revolucionarios para granjearse un mayor número de amistades o para poder exigir públicamente cuestiones tan perentorias como la que Mar Ampurdanès impetró hace escasos días: “el derecho de los catalanes a follar cuando quieran y como quieran”.

Por su parte, el votante del PDeCat ya sabemos sobradamente que se inserta por definición en la esfera social de la burguesía catalanoparlante, el estamento más pudiente y a su vez más protegido por el Govern de la Generalitat.

Y tampoco caigan ustedes en la errónea suposición de que Esquerra Republicana de Catalunya se nutre fundamentalmente de votantes de baja prosapia por el mero hecho de autoproclamarse partido de izquierdas. ERC aglutina el voto nacionalista ‘progre’ de clase media-alta, encarnado en personas con buena solvencia económica y excelente posicionamiento socio-profesional.

Ocurre lo mismo que con Izquierda Unida en Madrid: votada por muchos médicos, altos funcionarios, e incluso diplomáticos –conozco alguno personalmente, de lo contrario no lo afirmaría–, poseedores todos ellos de profundas convicciones de izquierda, pero con el confort que les otorga la posibilidad de acudir a votar dando un paseo por las calles de los distritos madrileños más elitistas, en los cuales radican sus viviendas.

Pero, siguiendo con el coloquio de Borrell, éste fue interpelado en el turno de preguntas del siguiente modo: “¿por qué la población catalana no independentista no se moviliza contra todo lo que está ocurriendo últimamente?”. El ex ministro socialista aseguró que, aunque es una parte de la población que constituye algo más de la mitad del conjunto, ciertamente “permanece dormida”.

En ese momento, un miembro del público se apresuró a añadir en voz alta: “Está muy claro. Es como si ahora mismo yo me pongo aquí a alborotar y a insultar al ponente de la charla. Inmediatamente vendría un vigilante jurado y me sacaría de la sala […] Los no independentistas están dormidos en la confianza de que no tienen la necesidad de manifestarse porque ellos están del lado de la ley, y porque piensan que serán protegidos ante aquellos que intentan saltársela”.

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