La Puntita · 18 de Septiembre de 2014. 13:51h.

XAVIER RIUS

Director de e-notícies

Quince años perdidos

Con su perspicacia habitual, el conocido periodista Lluís Foix publicaba este miércoles un artículo en La Vanguardia en el que afirmaba, en referencia a la consulta, que "estamos ante la posibilidad de haber perdido otros dos años por haber centrado la política en un solo y único objetivo ".

Pero, querido Lluís, no llevamos dos años perdidos. Si mis cálculos no son erróneos, llevamos quince. Quizás los que veáis la política catalana de más lejos sois más optimistas. Yo, que me arrastro por el Parlament desde hace tiempo, he visto esfumarse ya cinco legislaturas. De momento, dos con elecciones anticipadas.

A veces, en la cámara catalana, tengo la misma sensación de pérdida de tiempo que tenía en la mili. Sobre todo cuando aprueban declaraciones institucionales sobre el Ártico o la transición democrática en Libia. En Libia, que están a palos. Y eso que estoy de simple espectador.

La última legislatura de Pujol (1999-2003) ya no sirvió de nada. Pactó in extremis con Alberto Fernández. CiU tenía 56 diputados y el PP doce: sumaban 68 justos para la mayoría absoluta. Toda la acción de gobierno estuvo orientada a preparar la pista de despegue de Mas a quien, a media legislatura, nombró consejero. Duran se acuerda seguro.

Les pondré un ejemplo gráfico. Como entonces empezaba a estar de moda internet, la Generalitat puso en marcha la famosa Administració Oberta de Catalunya -hubo una guerra interna entre David Madí y Antoni Vives, pero eso ya es harina de otro costal- que, con franqueza, no sé cómo ha terminado.

El acto de presentación, en la Llotja de Barcelona, costó una millonada. Cuando me acerqué a una azafata espectacular para preguntarle cómo funcionaba me confesó que los ordenadores ni siquiera estaban conectados a la red eléctrica. Todo era fachada.

Maragall por su parte, se lió con la reforma del Estatuto. En el fondo, mal que me pese, Bono tiene parte de razón aunque ahora, con el ex presidente con Alzheimer, no es el momento de decirlo. Estas cosas deben explicarse cuando el otro se puede defender.

Pero, en realidad, lo que quería el ex alcalde de Barcelona era ser presidente de la Generalitat. Y, por ello, había que desplazar a CiU del famoso eje catalanista de la política catalana.

Un día hice un experimento científico por los pasillos del Parlament. Pregunté a diputados de uno y otro grupo quién había tenido la brillante idea de la reforma del Estatut. Ninguno acertó. El que más se acercó fue Miquel Iceta, entonces un diputado de a pie, que me dijo que había sido como la carrera de armamentos.

Pasqual Maragall, en efecto, propuso primero una carta autonómica para adaptar el Estatut a la legislación comunitaria -nada, una chorrada-, después se apuntó a la reforma y finalmente a un nuevo Estatut. Mas, como líder de CiU, no podía quedar atrás.

El proceso del Estatuto tuvo momentos memorables como el bus del Estatut -50.000 kilómetros- o constituir una ponencia parlamentaria de dieciséis miembros. Aquello no era una ponencia, era un gallinero. En política, hay un dicho que dice que si no quieres hacer nada lo mejor es crear una ponencia parlamentaria, una comisión de estudio o un libro blanco.

Uno de los errores de Maragall fue dejar en manos de la cámara el Estatut en vez de haber elaborado el Gobierno -o Enrique Argullol- el anteproyecto de ley. Sospecho que Josep Maria Vallès también se hubiera podido encargar, pero le cayó el muerto de la conselleria de Justicia y Prisiones. Al pobre se le escapó un preso y todo en una excursión al Fórum.
 
Cabe decir, en desagravio del ex presidente, que cuando tropiezan con una patata caliente, todos lo acostumbran a hacer. Es como Mas, que también deja en manos del Parlament la elaboración de la futura Ley Electoral. En el último pleno lo ha vuelto a decir. Es una manera como cualquier otra de quitarse las pulgas de encima. Más vale coger los problemas por los cuernos.

En el fondo, el Estatut sólo sirvió para cargarnos la inmersión lingüística -en e-notícies fuimos los primeros en decirlo. Entonces sólo algunos como Alfons López Tena o Héctor López Bofill se atrevieron a decir la verdad. Lo que tenía que blindarlo todo, fue un gol en propia puerta.

Pero, seguramente, el mayor error fue dejar la financiación para después. El después fueron cuatro años más tarde. Cuando se tenía que negociar las fuerzas ya estaban exhaustas y nuestra capacidad de seducción, siempre limitadísima en el caso de España, se había desvanecido del todo.

A pesar de ello conseguimos, según Montilla, "la mejor financiación de la historia", frase a la que también se apuntó el conseller de Economia, Antoni Castells. Castells acuñó aún otra frase célebre: "bajar impuestos es de izquierdas". Ahora, como se sabe, la Generalitat está con el agua al cuello. Este trimestre será dramático.

En realidad todo el mundo sabía que el Estatut no pasaría el cepillo del Constitucional. El historiador Joan B. Culla tiene una frase en un artículo sobre Òmnium -yo la he descubierto este verano leyendo el libro de Francesc Marc-Álvaro Ara sí que toca, a ver si entiendo el final del pujolismo- que dice que “en política sólo hay un pecado más grave que plantear una batalla innecesaria; y es, una vez planteada, perderla”. Pues eso.

¿Y Mas? Mas se ha hecho un lío con la consulta. No es que la consulta no sea legítima, al contrario, pero salvo la consulta no han hecho nada más. En la primera legislatura al menos aprobaron las Leyes Ómnibus que, en el fondo, sólo eran para borrar toda la obra legislativa del tripartito. Decisión, por cierto, que apoyó Esquerra de manera entusiasta.

Y, en la segunda, llevan diez leyes, pero la mayoría son para subir impuestos, -a petición de los republicanos- o peccata minuta como la de fusión de varios colegios de los Colegios de Economistas. Camacho, la puñetera, les reprochaba el miércoles que Rajoy lleva sesenta. Aunque, ciertamente, no soy partidario de valorar un gobierno sólo por la obra legislativa. Pero la prueba definitiva es que hace tiempo que nadie habla en Palau del govern dels millors.

Sólo un detalle: la estructura de la Generalitat -los famosos 200.000 funcionarios- sigue intacta. Mas, en su discurso en el debate de política general, presumió de haber reducido "un 17% los altos cargos, un 35% el personal de confianza y eventual, y un 29% el número de organismos y entidades". Pero no dio cifras absolutas -todo eran porcentajes- ni habló de funcionarios.

Un día, saliendo del Parlament, pregunté a un diputado de CiU -ahora con responsabilidades en la dirección- cómo es que se habían hecho soberanistas. "No había ni un duro" me confesó en un arrebato de sinceridad. En cierto modo, ha sido una huida hacia delante.

Con esto quiero decir que Catalunya no tiene derecho a la independencia. No, somos un nación y tenemos derecho a decidir. Sólo faltaría. Pero no podemos supeditarlo todo a la independencia. Entre el Estatut, la financiación, la sentencia del Constitucional y la consulta hace quince años que damos vueltas sobre lo mismo. Nuestra clase política no se dedica a otra cosa.

De hecho, es el método Kennedy -Kennedy, no Grönholm-. El presidente estadounidense se propuso, en plena Guerra Fría, enviar un hombre a la Luna para motivar a los estadounidenses y, de paso, intentar hundir la URSS. Lo consiguió, muchos años después, su colega Ronald Reagan. Desde entonces más de un político se piensa que es JFK y se anima a poner objetivos difíciles o imposibles sin tener en cuenta, en nuestro caso, los medios.

Me ahorro de mencionar los errores de España como prohibir Victus, que es una obra de ficción -aunque, por cierto, aquí vetaron el rodaje de Isabel en el Salón del Tinell- o amenazar con suspender la autonomía catalana en plan Margallo. Siempre he pensado que, si somos independientes, será más por los errores de España, que por los propios aciertos. Si envían los tanques seremos como Hungría en 1956. Entonces seguro que sí.

Pero, en plena revolución digital, no podemos supeditar la agenda política a la económica. Ni pensar que el Estado propio lo arreglará todo. Ya me perdonarán, pero hay quién cree que, con la independencia, follaremos más, caerán los billetes del cielo y, como decía el filósofo catalán Francesc Pujols, lo tendremos todo pagado.

Como decía, pues, al inicio de este largo artículo llevamos quince años perdidos. Con el agravante de que, en pleno siglo XXI, el tiempo pasa más deprisa. Quince años de ahora deben ser como cuarenta de la Revolución Industrial. Sólo hay que mirar atrás para darse cuenta de que, a finales de los noventa, no había ni Facebook ni Twitter. Kodak, para entendernos, era un gigante económico. Ahora ya no existe.

Y que, en pleno cambio tecnológico, el resto de países no esperarán a ver qué hacemos los catalanes. Si España nos deja marchar o no. De hecho, respecto a aliados internacionales, al final ni escoceses ni vascos. Y como no encontremos petróleo en abundancia en el Delta del Ebro difícilmente nadie moverá un dedo por nosotros. Catalunya no es Kuwait. Estamos solos.

En cambio, Estonia, lo primero que hizo después de lograr la independencia de la URSS, fue poner internet a raudales. Yo, a cada nuevo secretario de Telecomunicaciones desde el tripartito, le he pedido la fibra óptica.

Pero unos estaban obsesionados con el software libre, otros con hacer la puñeta Telefónica -si no puedes con tu enemigo, mejor aliarse con él- y finalmente con el Cesicat. Internet es ahora lo que el vapor fue la Revolución Industrial. Deberíamos tener internet en la calle, como las putas, dicho con todo el respeto por tan venerables señoras. Ahora apenas empezamos con la mencionada fibra óptica.

Mientras que Corea del Sur tiene seis multinacionales. Sí, de acuerdo, es un estado independiente, pero hasta finales de los 80 fue una dictadura militar. Ahora tienen Hyundai, Samsung, LG, Kia, etc. Y me ahorro hablar de Israel para no enfadar a ningún propalestino tras la masacre de Gaza, pero me parece que en la última tanda de Premios Nobel seis galardonados eran judíos. Nosotros tenemos Barcelona World. Ladrillo y turismo.

También Abertis, Grifols y Gas Natural, entre otros. Pero uno de los problemas de la economía catalana es que la mayoría son pequeñas y medianas empresas. Lo decía incluso el CAREC, el órgano asesor de Artur Mas, en su informe de diciembre de 2011 sobre La dimensión empresarial de Catalunya.

Culpar siempre España, mirarnos el ombligo, la mala leche ha absorbido una inmensa cantidad de energía. En teoría, nunca habíamos tenido tanto autogobierno desde 1714 y durante tanto tiempo aunque sólo seamos una comunidad autónoma. Tampoco, aparentemente, nunca hemos estado tan mal. ¿Entonces?.

Yo siempre pienso en nuestros bisabuelos que hicieron la Revolución Industrial con una sabata i una espardenya. Sin recursos energéticos ni infraestructuras ni mercados. En medio de seis guerras en un siglo y casi con un Estado en contra. Aquella encarnizada lucha entre proteccionistas y librecambistas. Peor que la rivalidad Barça-Madrid. En fin, un milagro. ¿Seríamos capaces de hacerla ahora?.

Perdonen, sufridos lectores, la longitud de este artículo. Pero me he desahogado de lo lindo. Si algún editor osado se anima soy capaz de escribirle un libro y todo.

 

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2 Comentarios

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#2 unborreguuu, de poble, 20/09/2014 - 14:40

jo que per higiene mental mai he sigut nacionalista, ni molt menys independentista , però amb gent com vostè aniria fins a la fi del món , inclús fins a itaca...això si , paga vostè el viatge hehe .....la llàstima que ara mateix hi ha molt catalans cecs o amb MEMORIA MOLT SELECTIVA ..

#1 Otro Español, Madrid, 20/09/2014 - 12:28

Sin autonomía desaparecerían más 200.000 funcionarios y cargos públicos chupópteros que no sirven para nada. Cataluña sería la región más rica de España. Es usted un lince. Lástima que sea ?indepe.? Por cierto, no hay nada más español, que aquel español que no quiere serlo.