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La Puntita · 14 de Junio de 2021. 09:18h.

VICTORIA MARTIN

Victoria Martin

Cataluña demediada (Cuatrilogía Turca II)

Descartadas científicamente las falsas analogías recurrentes en el nacional-catalanismo entre el sistema político de España y el de Turquía con la simple consulta anual de los índices Freedom House y Democracy Index, y afirmada la baja calidad de la buena gobernanza en Cataluña y su alto nivel de corrupción pública a través del European Quality of Government Index 2021 de la Universidad de Göteborg -con la peor clasificación  entre  las Comunidades Autónomas españolas- cabría sin embargo preguntarse si es posible encontrar alguna otra similitud entre Cataluña y Turquía, más allá del erdoganismo rampante que expresa el art. 66.4 de la “Llei 20/2017 de transitorietat jurídica i fundacional de la República” por el que se otorgaba al President de la Generalitat la prerrogativa de poner a dedazo al President del Tribunal Suprem. Si cualquiera de las dos prestigiosas instituciones internacionales hubiera tenido que clasificar la nonata República Catalana por ese detallito, la hubiera ubicado automáticamente en el cesto de los “Regímenes autoritarios”. “Això va de democràcia”. Cierto, cierto.

Hay otra similitud socio-política entre Cataluña y Turquía manifiesta para los expertos en política internacional. Cataluña es un buen ejemplo de turquización creciente de sus dinámicas sociales, culturales y políticas, y esto evoca la triste segunda analogía turca: la que nos remite a la novela fantástica del Vizconde demediado de Ítalo Calvino. Tesis principal del artículo: vivimos en una “Cataluña demediada” que no puede caminar junta hacia ningún lado. Se ha abierto en canal nuestro cuerpo civil quedando escindido en dos mitades de un modo similar al que afecta a Turquía desde su fundación a principios del s. XX; o a cómo quedó el cuerpo del poco experimentado Vizconde de Medardo de Terralba de la novela, el día que entró en combate en la guerra contra los turcos en la llanura de Bohemia.

La Puerta Sublime ha sido un espacio en el que desde su fundación moderna por Kemal Atatürk se vive una pugna sorda, con accesos violentos, entre una vocación occidental y otra oriental. Dos identidades sociales malviven enfrentadas sin pausa en lo que, en la expresión de S. Huntington, es una guerra civilizatoria por el control de las instituciones públicas con el objetivo de imponer desde ellas una de las dos visiones identitarias colectivas que se conciben como excluyentes. Esa lucha tiene en Cataluña polos y matices distintos a los turcos en su expresión, pero genera consecuencias parecidas. Aquí, que la analogía no lleve a equívocos, no se enfrenta lo europeo contra lo musulmán, ni la modernidad laica contra el atraso religioso, siendo uno lo catalán y otro lo español; más bien al revés. Pugna por liderar la sociedad un nacional-catalanismo pujolista tradicionalista herderiano, colectivista, de Sacristía, Moreneta y Perdón, extrañamente amancebado con el post pujolismo laico radical de ERC y la CUP, más los otrora cachorros de CiU, ahora creciditos e igualmente hambrientos de poder y rentas públicas, y en el que todos sienten la necesidad periódica de expresar su creencia públicamente mediante procesiones y otros actos de fe; contra la parte de la ciudadanía catalana que configura un agregado cultural y político variopinto, plural, más individualista y mestizo, en este sentido moderno y posmoderno, y quizá por ello carente de una vertebración política fuerte salvo para negarse sistemáticamente a ser absorbida por la dinámica evangelizadora de la otra mitad.

Aclaración. Todo lo anterior puede ser escrito también en femenino: antiguas cachorras, creciditas, hambrientas de poder y rentas públicas, etc. si se quiere cumplir con los vacuos manierismos feministas con los que se adorna hoy la progresía impostada. En cuestiones de poder y ambición, el sexo o la orientación e identidad sexual, nada cambia.

Esta dicotomía se ha generado gradualmente con la utilización desviada de las instituciones autonómicas catalanas hacia fines reaccionarios ajenos a los fijados en la Constitución Española de 1978, razón por la que se deberán extremar a futuro los controles judiciales y constitucionales sobre la Generalitat todavía vocacionalmente sediciosa.

La primera facción socio-política y cultural, la pujolista y post pujolista maníacas, que tan bien se encarna en asociaciones como Omnium Cultural o el Grup Koiné, ha monopolizado las instituciones autonómicas y trabajado desde ellas sin desmayo, oculta y abiertamente, lícita e ilícitamente, con dinero en A y en B, hacia la asimilación cultural forzosa de la otra,  apuntándola con toda su artillería  educativa, cultural, asociacionista, mediática e incluso empresarial.

La metralla con la que han invadido todo el cuerpo social es conocida: subvenciones, contratos públicos amañados, chiringuitos públicos y entes paragubernamentales -a centenares: institutos, fundaciones, seudo empresas que viven del DOGC, etc.-. Estos mecanismos tienen la doble finalidad de controlar al cuerpo civil y sacar tajada político-crematística en forma de equis por ciento o de altos cargos infladamente remunerados, estos sí, como si fuéramos realmente la Alemania bávara o la “Dinamarca del Sur”, y en donde, en contraste, acampa la molicie.

Esta actitud continua e ininterrumpida puede haber sido instrumental o finalista, según para quién. Instrumental como modo de garantizarse indefinidamente el predominio político-social y económico, además de un privilegiado sustento familiar; finalista, en la medida en que también hay misioneros que albergan en su fuero interno la creencia cierta en la superioridad de su sentido castrado de la cultura catalana sobre la otra, la “española”, lo que en la visión redentora que les ilumina legitima su objetivo de ahogar la cultura ajena mediante su desprecio y correspondiente implantación a machamartillo de la cultura superior.

Desde las instituciones autonómicas sólo formalmente de todos y materialmente de su propiedad, pujolistos y pospujolistas se emplean a fondo en mantener sometida a la parte de la sociedad catalana que no comulga con sus ruedas de molino y a la que siempre han considerado destinada a obedecer servicialmente, por su naturaleza no auténticamente catalana, y a aguantar sus sevicias. Ahí está Rufián como botón de muestra de su éxito evangelizador. O el divertido parvenu Cotarelo. ¡Con su edad y en estos andurriales farfullando cosas en lo que él piensa que es la lengua catalana! ¡Que se los queden mucho tiempo por favor! Hay que dejarlos ahí donde hacen más daño.

En la teoría de Samuel Huntington sobre el “Choque de civilizaciones” (1992), que explica muy bien lo que sucede en Turquía, se habla de lo que denominó “guerras civilizatorias” propias de cualquier línea de fractura cultural, como las guerras del futuro. Era una respuesta a la paz liberal proclamada en el “Fin de la Historia” proclamado por Fukuyama el mismo año. Aquel tipo de enfrentamientos tiene ciertas características especiales y Cataluña se ha convertido en el escenario de una forma nítidamente parroquial de los mismos. Un rasgo es que a medida que las tensiones se alargan en la línea de choque todo se degrada y pudre moralmente.

El enfrentamiento da un paso hacia el abismo cuando alguna de las partes tiende a demonizar al adversario presentándolo a menudo como subhumanos. Es un modo clásico de buscar facilitar su supresión. La forma de comparar lo español con Turquía, o el tratamiento despectivo que nos brindan como colonos, ocupantes, fachas, franquistas o antidemócratas, día sí día también, cumple esa función. Si además, a la inversa, ellos se retratan como la “Dinamarca del Sur”, u otros sandeces similares, la ecuación se cierra con la misma distancia que separaba en el pensamiento nacionlista hegeliano del s. XIX  a las naciones civilizadas de las salvajes. Están tan perdidos en sus “ensoñaciones” que son incapaces siquiera de vislumbrar que toda esa retórica está teñida de peligrosos fondos supremacistas. Cierto, sólo se busca nuestra aniquilación social y cultural, no la física, y ahí tiene otro límite la comparación que hay que destacar para evitar equívocos.

Estas actitudes no son simétricas como todo ‘bienqueda’ quiere hacer ver. No he sido capaz de recoger afirmaciones similares del lado no nacionalista catalán, realizadas al mismo nivel representativo e institucional y con la misma recurrencia, aunque con pruebas en la mano aceptaría mi error. En fin, como sucede también en aquella línea de fractura oriental, en Cataluña los símbolos y objetos centrales de la cultura designada como rival por el nacional-catalanismo se han convertido en sus blancos de odio y desprecio. Sucede con la lengua española, la literatura catalana en español, el acoso a los  medios de libre expresión fuera de su control, la bandera española, los toros, el flamenco, las sedes de Cs, PP, PSC, y Vox, etc. Es de nuevo un modo de operar abrumadoramente unidireccional, del nacional-catalanismo institucional y social dominante hacia la vapuleada parte marginada.

Este tipo de planteamientos han conducido a Turquía, la de Oriente, a ser un país desgarrado internamente desde su creación hasta nuestros días. El modelo de Atatürk consistió en rechazar el sustrato musulmán de Turquía como algo contrario a su europeización y creó de ese modo una sociedad escindida, con un fuerte componente musulmán en su base social y cultural ocultado bajo la alfombra, y una élite dirigente, con los grupos sociales que arrastraba, decidida a insertarla en Occidente a cualquier precio. El kemalismo dominante en lo institucional y público nunca logró su objetivo de destruir a la otra parte de la cultura turca subyacente a pesar de poner durante casi cien años a toda la institucionalidad a su servicio. La asimilación forzosa no se consumó y el destino tomó un giro inesperado cuando a principios del s. XXI quedó sustituido por otro plan revolucionista semejante pero en sentido contrario, el también capante erdoganismo que busca la asimilación cultural y moral de toda la sociedad turca dentro del sustrato islámico.

Obviamente, la continuidad durante más de un siglo de esa pugna soterrada ha consumido enormes cantidades de fuerza social y minado sus posibilidades de progreso en cualquier aspecto antropológico.




Artículo anterior: España, Turquía y Cataluña (Cuatrilogía Turca I)

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