La Puntita · 31 de Mayo de 2021. 07:23h.

RAFAEL ELÍAS

Cruce de emisoras

Aprovechando que ya se puede circular entre provincias, o, al menos, entre las catalanas, que aún no me queda claro qué es lo que se puede hacer y lo que no —¿se puede comer ya carne mechada? Es más... ¿qué es la carne mechada?—, he estado por Barcelona hoy, pues me ha dado por acercarme allí a tirar unas cuantas fotos, que la ciudad condal es siempre atractiva para esto, aunque dicen que antes —en los 70, los 80— lo era más. Entonces vivían (allí) Juan Marsé, Vázquez Montalbán y Terenci Moix. Menuda tríada.

Decía que he recorrido hoy sus Ramblas, su Gótico y su Raval, y no ha habido rincón ni recodo al que no haya disparado, y por momentos he sentido la magia latente, que el que tuvo, retuvo, y casi que he visto doblando una esquina juntos al Pijoaparte, a Carvalho y al propio Terenci, pero no, falsa alarma, que eran otros tiempos y otras glorias. Lagrimita al punto por la ciudad que fue y la cámara que la guardo al cinto, con gesto de pena por haber nacido tarde. Ya sólo nos queda Mendoza.

De vuelta a Lérida, iba conduciendo los 155 km que separan ambas ciudades —hoy preferí el coche al AVE—, y lo hacía muy atento a los radares. Me ha dado por pensar entonces que hace unos años muchos conductores pringaban de gomina sus matrículas, previo al viaje, que así el flash de la foto quemaba la numeración de la placa y hacía imposible la identificación, caso de tumbar la aguja. Caigo en la cuenta de que no tengo gomina en el coche —ni en casa, que es asunto demodé—. Tal vez el gel de manos anti-covid haría la función. Desisto de detenerme y comprobar nada y me limito a levantar algo el pie del acelerador.

Enciendo la radio, voy por el Bruch ahora —donde el niño del tambor—, y se cruzan varias emisoras. No hay manera de sintonizar ninguna limpiamente. Mi coche tiene sus años —más de veinte—, quizá la edad influya en la captación de los mensajes y las noticias (algo así como las personas). El resultado es un batiburrillo de sonidos ásperos y alguna frase inteligible, no demasiado larga. Todo se va entrecortando de forma insistente. Voy perfilando la larga y abierta curva antes del túnel —Montserrat a mi derecha— y escucho algo referente a La Manada, aquellos tíos depravados de los Sanfermines que están ahora en la cárcel. Entonces se corta y parece que se cambia automáticamente a otra emisora, y un locutor o contertulio dice algo así como que los indultos de los independentistas presos son inevitables y necesarios. Luego, da la palabra a uno de los Yordis, que parece volverse loco ante la presencia de un micro y se desgañita de felicidad por llevar cuatro años en la trena. Entro definitivamente en el túnel y se pierde la señal. Un camión en sentido contrario pasa a poco más de un metro de mi oreja. Suena como un redoble de tambores, fugaz, en la noche quieta. Tal vez un eco de la leyenda. Salgo del túnel. En frente de mí, la lontananza crepuscular, y la señal de radio que se recupera de repente. Vuelve la Manada. Parece que es un programa hurgando en la herida. Hablan del abuso, de la necesidad del imperio de la Ley, de la Justicia, de no olvidar. Vuelve a cortarse. Unos segundos de silencio y retorna la señal. No me queda claro si es uno de los Chordis o uno de la Manada el que ahora habla. Que piensa volver a hacerlo, dice, y que no se arrepiente de nada. Voy remontando un cambio de rasante. Reduzco a cuarta y piso a fondo. Como una respuesta inmediata a mi acción, se mezclan irremediablemente ambas señales, y con ellas, las voces de los dos programas: ahora es un “total mix” de los Llordis y la Manada, hablan todos a la vez, no se entiende casi nada, sólo la palabra indulto, que se repite frenéticamente.

INDULTO

INDULTO

INDULTO

A ritmo maquinero machacón.

CHUMBA

CHUMBA

CHUMBA

Contagiado del fiestón, subo el volumen y, mientras conduzco el resto del camino, voy sacudiendo la cabeza hacia adelante, al compás —indulto, chumba, indulto, chumba—, y me ilusiono imaginando un mundo sin presos de ninguna condición, un mundo idílico donde se garantice la libertad de los pueblos, empezando por el de mi abuela, Estiche de Cinca.

Ya diviso en la distancia la silueta al contraluz de la Seu Vella, en medio de la bruma. El dial de la radio pierde definitivamente las señales anteriores y corre rápido sus números, en busca de una emisora limpia y clara. Se detiene en Radio Clásica. Suena cristalino el tercer movimiento del excelso Concierto para violín núm. 1 de Max Bruch.

Me recoloco en el asiento con una sonrisa amplia como el horizonte y me dejo llevar por tan sutiles armonías. Entre la orquesta mental, de repente, un instrumento desafinado: la sensación de que por el Bruch me ha pillado algún radar haciendo el capullo.

El próximo día le meto gel a la placa.

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1 Comentarios

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#1 pepe, Andorra, 02/06/2021 - 11:50

pobrisso, vivir en Lérida, con lo duro q es la niebla en invierno, el calor y la humedad en verano......Con lo bien q esta en Huesca q esta al lado, no comprendo lo de vivir en Lérida, en fin, hay gente para todo, q decía el torero.....