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La Puntita · 21 de Mayo de 2019. 07:45h.

DIEGO GAFO

Democracia, ¡qué falacia!

Democracia, ¡qué falacia!

Definir a la clase política española como decepcionante es ser infinitamente generoso. No hace falta más que leer los diarios para observar, atónito, que nuestros políticos son unos sinvergüenzas sin remedio. Según el CIS, un 60% de los españoles consideramos que el mayor problema que tenemos es el paro. No obstante, hay más de tres millones de desempleados en nuestro país. Tras este problema, los dos siguientes son la corrupción y el fraude (33,3%) y los políticos (29,1%). Es decir, más de la mitad de los españoles considera un problema la clase política y sus golferías. Quizá es tiempo de cambiar esto. Evidentemente, si uno no es parte de la solución, es parte del problema. Y esta clase política merece ser cambiada completamente.

Andrea Levy y Daniel Lacalle, diputados electos por el Partido Popular en las pasadas elecciones generales, han renunciado a sus escaños en el Congreso. Marimar Blanco e Ignacio Echániz ocuparán sus puestos. No son los únicos casos. El PSOE ha estado negociando hasta con los bedeles para intentar colocar a Miquel Iceta como presidente del Senado... cuando se había presentado a diputado. Finalmente, el veto de los independentistas ha impedido que ocupe tan ansiado sillón. Se puede justificar de mil formas. Se puede repetir en los medios que Madrid es su prioridad, o que ese paso al lado es por generosidad. Incluso se puede recurrir al Tribunal Constitucional lo que asume como afrenta. Y al final, como gesto de buena voluntad habrá dos catalanes como presidentes de ambas cámaras.

Es evidente, pues, que sus respectivas inclusiones en las listas electorales es pura mercadotecnia. Utilizan la cara de un conocido para tratar de arrancar votos a los indecisos. Sus grandes pensadores prefieren estas estratagemas sinsentido a plantear propuestas serias que beneficien a todos. Ellos sabrán. Prefiero pensar eso a creer que renuncian a sus sillones por no haber alcanzado sus metas, como por ejemplo, una cartera ministerial. O la obligación de pagar unos sueldos a quienes se han quedado fuera de juego. Quizá es un poco todo. Es la confirmación de que nuestros representantes públicos se ríen de nosotros. Lo que es indiscutible es que el único interés de esta gentuza es perpetuarse en el poder. Jamás se han preocupado por la educación, ni la sanidad, ni por las mujeres asesinadas... Su único fin es colocar a sus amiguetes —y amigotes— en chiringuitos públicos para seguir desangrando el país. Hace tiempo nuestros políticos se dieron cuenta de que no los votamos a ellos, sino que votamos para que no ganen los otros. Esa es su arma. Y la emplean sin piedad. Y, lo que es más grave. Mientras, nosotros les seguimos el juego. La triste conclusión es que tenemos lo que nos merecemos.

Piensen.
Sean buenos.

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