La Puntita · 6 de Septiembre de 2021. 07:12h.

BERNARDO FERNÁNDEZ

Bernardo Fernández

Demos una oportunidad al diálogo

En un discurso pronunciado en las Cortes republicanas, en mayo de 1932, el intelectual José Ortega y Gasset dijo que “el problema catalán es un problema que no se puede resolver, que solo se puede conllevar”. Han pasado casi noventa años y, lamentablemente, la historia está dando la razón al autor de “La España invertebrada”

Ahora, dentro de pocos días, se constituirá la mesa de diálogo entre el Gobierno de España y el de la Generalitat de Cataluña. Confieso que soy bastante escéptico con los resultados que de esa negociación se puedan lograr. No obstante, entiendo que es la única manera razonable y lógica para resolver, al menos por una larga temporada, el encaje de Cataluña en España. Porque, que nadie se llame a engaño, esa es la cuestión, no la autodeterminación que no tiene cabida en nuestro sistema constitucional, y eso lo saben tirios y troyanos. Pero es que, además, de los siete millones y medio de ciudadanos que vivimos en Cataluña, los que están por la independencia no llegan al millón y medio, como quedó demostrado en las últimas elecciones autonómicas. Otra cosa es que algunos se empeñen en entelequias imposibles y “facin volar coloms” (“hagan volar palomas”) como decimos por aquí.

De igual manera ha de quedar claro que la amnistía no puede tener recorrido en las negociaciones puesto que la misma tiene efectos retroactivos, extingue toda responsabilidad penal o civil y anula los antecedentes penales. Por ese mismo motivo es general, dado que actúa sobre todos los que cometieron el delito, y no sobre individuos concretos.

Además, la amnistía suele suponer un nuevo planteamiento sobre la conveniencia de prohibir o sancionar una conducta. Por esa razón, las leyes o actos de amnistía son más frecuentes en momentos de fuertes cambios sociales o de regímenes y, en ocasiones, se asocia al perdón de presos políticos.

Debería ser innecesario decirlo, pero ha de quedar claro que no estamos, ni por asomo, en un cambio de régimen. Eso no significa que los independentistas no puedan plantear el tema, faltaría más. Ahora bien, han de saber que su aspiración es inviable.
Otra cosa sería que, en la hipótesis de que las negociaciones alcanzaran pactos positivos que sirviesen para volver a la normalidad política en Cataluña, el Gobierno central echase mano de medidas de gracia, como los indultos u otras para dar carpetazo al asunto para unos cuantos años. Obviamente cuantos más mejor.

En este complejo contexto, sería deseable, aunque sé que es prácticamente imposible, que agoreros y plañideras evitasen caldear el ambiente. Ni Marta Rovira, secretaria general de ERC, autoexiliada en Suiza, es quién para decir a Pedro Sánchez y el Gobierno de España si han de estar o no en la mesa de negociación, como tampoco lo es Elisenda Paluzie, lideresa de la ANC exigiendo al Govern que proclame la independencia después del 11 S. También el president, Pere Aragonés, se ha sumado al coro que pide la presencia de Sánchez en la negociación. Sin embargo, él no asistió a la reunión de presidentes autonómicos celebrada semanas atrás en Salamanca. “Consejos vendo que para mí no tengo”, dice el refranero.

Tampoco ayuda el filibusterismo mesiánico de Oriol Junqueras que un día dice apostar por el diálogo y al siguiente ataca a la justicia española por al affaire de Clara Ponsatí con la justicia escocesa. Cuando, de hecho, ha sido la Fiscalía de aquel país la que ha dado una colleja a la eurodiputada que ha quebrado la confianza que en ella habían depositado al no haber informado de su cambio de domicilio.
Ante una situación tan delicada como la que estamos viviendo, en la que todo está cogido con alfileres, los negociadores que han de sentarse a la mesa de diálogo harían bien en aislarse tanto como les sea posible del ruido mediático, ir ligeros de equipaje y con los menos apriorismos posibles. No podemos perder de vista que, tanto el nacionalismo español más casposo, como el independentismo hiperventilado, suspiran porque la mesa de dialogo sea un fracaso. Unos y otros son partidarios del “cuanto peor mejor”, y es que una vez más se pone de manifiesto que los nacionalismos, español y catalán, que, en apariencia, parecen tan diferentes, en realidad son como dos gotas de agua.

Ciertamente, los republicanos deberán remar contra corriente porque ni sus socios en el Govern, Junts, ni la CUP están por la labor. Todo lo contrario, en los postconvergentes predomina la línea dura y son partidarios de la voladura de los pocos puentes que aún quedan, mientras que los antisistema prefieren la confrontación directa con el Estado. Además, el calendario no ayuda porque el president Aragonés se comprometió a someterse a una moción de confianza, a cambio del soporte de la CUP a la investidura. Y eso ocurrirá cuando tengamos unas elecciones municipales convocadas y unas generales en el horizonte.

Sea como sea, en política, como en casi todas las actividades de la vida, existen vasos comunicantes y a nadie se le escapa que, aunque son compartimentos estancos distintos, un buen arranque de la mesa de diálogo podría allanar el camino en la Comisión bilateral Estado-Generalitat donde hay un buen puñado de traspasos para negociar y facilitar, a la vez, una entente entre el Gobierno central y ERC para aprobar los presupuestos de 2022. Y esa es una de las cuestiones que más pone de los nervios al PP.
Como he comentado más arriba, tengo serias dudas de que de la mesa de negociación salgan resultados tangibles, al menos en los primeros meses. Ahora bien, considero que sería un error garrafal que una de las partes se levantara y diese por finalizada la partida. Si eso llega a ocurrir el catalanismo político que es, en esencia, diálogo, negociación y pacto quedaría definitivamente secuestrado por el radicalismo indepe, y la idea de que España es un mal absoluto pasaría a ser un eje vertebrador del ideario secesionista como ya apuntan los sectores más hiperventilados.

Por eso, y para evitar que lleguemos a una situación que podría ser dramática, pienso que todos, absolutamente todos, tenemos el derecho y la obligación de dar una oportunidad al diálogo. No hacerlo sería un error imperdonable de consecuencias imprevisbles.


Bernardo Fernández

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7 Comentarios

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#7 pepe, Andorra, 09/09/2021 - 11:51

el apaciguamiento no es la solución, es posible q lo hubiera parecido hace 40 años, pero después de esos años, siguen igual de insaciables y además su incompetencia se ha multiplicado exponencialmente en los últimos 10 años, no, la única solución es cerrar las autonomías o reformarlas e incluso fusionarlas entre ellas o crear otras nuevas.

#6 pepe, andorra, 09/09/2021 - 11:49

q decía Einstein de los tontos q se empeñan en hacer siempre lo mismo cuando esta claro q haciendo eso siempre se obtiene el mismo resultado? Aun mas, ¿no fue Chamberlain el q llego de un dialogo en 1938 y dijo aquello de paz para nuestro tiempo? ¿Son tontos o malas personas quienes apoyan estas cosas a pesar de las anteriores experiencias?

#5 Perico, Matadepera, 08/09/2021 - 18:40

...para solucionar el encaje, es que hay una voluntad de desencaje irrevocable, tan injustificada como anacrónica, por parte de unos cientos de miles de borregos guiados por sinvergüenzas sin escrúpulos que han adoctrinado a destajo para seguir viviendo a cuerpo de rey exprimiéndolos y, por desgracia, exprimiéndonos a todos.

#4 Perico, Matadepera, 08/09/2021 - 18:35

"Entiendo que es la única manera razonable y lógica para resolver, al menos por una larga temporada, el encaje de Cataluña en España."... Si después de 500 años de encajamiento sin más problemas serios que en el último siglo (con la aparición de los nacionalistas), todavía hay que dialogar y negociar con quien ni sabe ni quiere hacerlo...

#3 Perico, Matadepera, 08/09/2021 - 18:32

"En la hipótesis de que las negociaciones alcanzaran pactos positivos que sirviesen para volver a la normalidad política en Cataluña, el Gobierno central echase mano de medidas de gracia, como los indultos u otras para dar carpetazo al asunto para unos cuantos años."... de una ingenuidad que desborda la propia ingenuidad.