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La Puntita · 25 de Junio de 2019. 13:33h.

ROBERTO A. LARRAÑAGA

El gatopardo ibérico

No, no me refiero a nuestro lince, animal endémico que afortunadamente está recuperándose tras décadas de estar al borde de la extinción. A raíz de la publicación de El gatopardo, novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1958) –que trata de una familia aristocrática siciliana y de su adaptación a los cambios políticos de finales del siglo XIX–, la palabra gatopardismo ha adquirido un significado interesante: “cambiar para que nada cambie”.

Estos días han circulado por las redes sociales dos videos curiosos, ambos en la ciudad de Berga, al norte de la provincia de Barcelona. Uno reproduce la reciente celebración de la Fiesta de la Patum (vinculada a la del Corpus Christi) en la que se observa a la muchedumbre coreando de manera eufórica eslóganes independentistas mientras una gran estelada recorre la plaza de la localidad. En la bandera podía leerse en letras grandes “República catalana”. En el segundo video pueden apreciarse fragmentos de la igualmente eufórica acogida que Berga y sus alegres vecinos organizaron al caudillo durante el verano de 1966. Se ve a gente desbordando los balcones y la misma plaza, con pancartas y banderas, aplaudiendo y gritando ovaciones a Francisco Franco, quien recibió de manos del alcalde la primera medalla de oro de la ciudad. Según relata el narrador, en ese mismo acto el presidente de la diputación barcelonesa nombró al generalísimo “hijo predilecto de la provincia”. Franco, por su parte, hizo un gesto al elogiar el mundo rural, hablando de la importancia de implantar la industria en esos lugares para evitar el éxodo masivo de población a las grandes ciudades –como Barcelona. Más allá de la evidencia de que se trataba de una dictadura, es palpable el entusiasmo con el que la ciudad, viejo bastión carlista en Cataluña, recibió a Franco.

Todo esto viene a cuento porque últimamente ha habido una interesantísima discusión en ciertos periódicos, que parte de la constatación de que las zonas geográficas en las que actualmente los nacionalismos periféricos son más fuertes –y donde el apoyo a la monarquía es más débil– corresponden, precisamente, con los lugares que en el siglo XIX fueron baluartes del carlismo. Es decir, de aquel movimiento reaccionario, defensor del Antiguo Régimen, ultraconservador, profundamente católico, legitimista (y, por lo tanto, hostil a todo lo que sonara a soberanía nacional, concepto liberal), y decididamente antirrepublicano. “Dios, Patria y Rey”. Algunos de los que han escrito recientemente acerca de esto son, por ejemplo, Iván Camacho, Conxa Rodríguez, Juan Pedro Quiñonero y Jon Juaristi. Concuerdo con este último cuando sostiene que no podemos ver en el procés el equivalente de una Cuarta Guerra Carlista; primero, porque de haber habido una cuarta, esa habría sido más bien la Guerra Civil, en la que Franco contó con el apoyo de los requetés carlistas. Y segundo, porque falta el elemento cristiano, falta Dios (y, por lo tanto, se trata ya de otra cosa). El nacionalismo étnico ha bebido de otras fuentes que poco o nada tienen que ver con el carlismo.

Dicho lo anterior, sí es interesante constatar la coincidencia geográfica. Recuerdo que hace un par de años visité la villa de Azcoitia, en la comarca del río Urola, Guipúzcoa. Tuve la curiosidad de conocer el cementerio (hilerri, o sea, “pueblo de muertos” en vascuence) y, entre los monumentos que más llamaron mi atención, había una gran lápida junto al muro en la que podía leerse lo siguiente: “Relación de requetés y soldados de esta villa muertos en la gloriosa cruzada (1936-1939) cuyos restos se hallan depositados en este mausoleo”. A esto sigue una lista interminable de nombres (en la cual abunda el apellido Larrañaga, qué le vamos a hacer…). De Azcoitia era el recién fallecido Xabier Arzalluz, un personaje racista que fue presidente del Partido Nacionalista Vasco de 1980 a 2004 (excepto por un paréntesis de tres años). Su apellido también figura en la lista. Cuenta Juaristi en El bucle melancólico que el padre de Arzalluz era un carlista que en su momento también simpatizó con “la gloriosa cruzada”, es decir, con el levantamiento franquista. Y es que esta “Guipúzcoa profunda” fue en otros tiempos profundamente carlista (y españolista), luego bastante franquista y, en el transcurso de la segunda mitad del siglo XX, basculó hacia el nacionalismo étnico. Sospecho que no será raro que varios de los jóvenes que hoy elogian a los miembros de ETA tuvieran abuelos franquistas y bisabuelos o tatarabuelos carlistas. Claro que esas historias familiares serán tabúes y estarán guardadas bajo llave. Silencio y olvido.

No pretendo discutir acerca de la cultura política del carlismo; para eso ya tenemos grandes expertos como Jordi Canal. Sin embargo, algo me lleva a pensar que no será casualidad el gatopardismo político en lugares como Berga o Azcoitia. A final de cuentas carlismo, franquismo y nacionalismo étnico, a pesar de sus insalvables diferencias, comparten algo fundamental: el rechazo al liberalismo político emanado de la Revolución francesa (y al liberalismo hispánico). A pesar de la ausencia de Dios en el nacionalismo étnico, no hay ausencia de sacralidad; de hecho, la tesis de que en el País Vasco –otrora el lugar más católico de España– el nacionalismo llegó a fungir como religión de sustitución me parece muy sugerente. Hay un culto nacionalista, una actitud típica hacia lo sagrado, rituales, mártires, supuestos sacrificios… Los tres movimientos políticos acaso también compartan el elogio bucólico a la comunidad (en contraposición con la decadente y viciosa vida de las ciudades grandes, feudos liberales). Por último, quizás también en los tres la violencia sea un instrumento legítimo para combatir al rival imaginado (a los liberales, a los republicanos, a los españolitos –los otros, claro–). Pero todo esto no son sino ocurrencias mías. Un gran estudio histórico y antropológico acerca de este gatopardismo queda por hacer.

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