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La Puntita · 5 de Noviembre de 2018. 13:46h.

JOSÉ GONZÁLEZ

El populismo, opio del pueblo votante

Uno de mis refranes preferidos es inglés y es aquel que dice que la curiosidad mató al gato. La traducción más común viene a ser algo así como “no husmees mucho que te la pegarás”.  Pero no se engañen que esa es una traducción demasiado simple. Realmente, su sentido es el de no me preguntes demasiadas cosas que me voy a mosquear contigo.  El artículo no va a ir de gatos ni de refranes, sentado queda desde ahora, no padezcan.  Ese “saying” inglés me trajo a la mente la creciente vigencia del populismo en la política. Se puede ejemplificar diciendo: querido votante, no te preguntes ni me preguntes, cómete mis eslóganes con patatas, créeme porque te lo digo yo y, por encima de la Biblia, vótame que yo te salvo de tus dudas. Estamos ante una verdadera plaga peor que las de Egipto. Y si se mezcla populismo con el nacionalismo el tifón está asegurado. Demos una vuelta rápida al globo para ver, a ojo de pájaro,  algunos de los daños.

El gato del populismo  corretea libre por Estados Unidos desde hace dos años con Donald Trump. Conocido por todos el personaje - por tanto, sin engañar a nadie-  obtuvo algo más de 60 millones de votos en las urnas. Vale que 61 millones votaron por Hillary Clinton, pero la cifra de Trump le sobró para alcanzar la presidencia por el número de compromisarios que obtuvo para su elección directa. Imaginarán ustedes que no todos sus votantes son de granjeros de Iowa y/o miembros de la Asociación Nacional del Rifle. Y ahí lo tienen, ufano, esperando el “impeachment” (destitución)  que no acaba de llegar, y el hombre lleva ya dos años entre tuit y espalda.  En Italia, desde hace siete meses,  gobierna una coalición del Movimiento 5 estrellas y la Liga Norte, concretada en un gobierno presidido por el también populista y xenófobo Matteo Salvini. Detrás de él hay más de 17 millones de votos sobre un total de 31 millones de votos emitidos. Hace sólo una semana el populista brasileño Jair Bolsonaro obtuvo la presidencia de su país con el 57 % de los votos que corresponden a casi 58 millones de brasileños. Poca broma con el populismo que parece haber venido para quedarse y, para más inri, con unos políticos como para ir presumiendo por ahí. Fin del paseo de Willy Fog y vuelta al terruño que es lo que toca.

Por aquí también se cuecen a fuego rápido las habas populistas. Hace ya un tiempo que los eslóganes han sustituido a los programas,  asunto que no creo que niegue ningún politólogo, ni siquiera el mismo CIS cocinero de Tezanos . Se ha llegado al punto que los programas de los partidos se editan para decir que los tienen y no para ser leídos y, menos aún, para que se cumplan. En nuestro muy particular caso esa variable - una desgracia en sí misma que también presupone desidia del votante- se suma a otras lamentables coincidencias que polarizan al electorado en ejes con extremos en blanco o negro. De esa manera vemos cómo se ha difuminado en gran medida el clásico eje izquierda-derecha. Quizá ha sido así por la asunción de políticas sociales por la derecha clásica y, por el otro lado del ring, por el compromiso de la izquierda con el capitalismo siempre que se adjetive como social y se retoquen dos o tres impuestos (para luego volver a dejarlos igual). La ideología, qué pereza.

Si nos centramos en Cataluña encontraremos un campo minado, propicio para las calenturas populistas. Se está experimentando la abducción - a la baja un chalaneo mareante- de la presupuesta izquierda por el nacionalismo identitario e independentista.  Este nacionalismo es netamente populista y se explica con los liderazgos de sucesivos de Puigdemont  y su vicario Torra, gobernantes ocasionales que trocan una sesión parlamentaria por un “tweet” o por una feria, casi mejor. Nótese también el populismo, en su peor cara, en la fortaleza de los “cedeerres” como agitadores callejeros al dictado del gobierno, sentadito en su sillón por si llueven hostias, of course. O ese estilo (¿?) de gestión que te cambia el parlamento por una performance y unos festivales, tan lejos de la política como, según lo visto y oído, de la buena música.

La gestión de la alcaldía de Barcelona que hace Colau es otro ejemplo viviente de populismo.   Su inestable posición política  -por piedad vamos a decirlo así- ante el separatismo, sumado a lo que ella misma ha dicho y escrito sobre ello no pasaría el mínimo de coherencia y cohesión interna de un texto de un alumno de 4º de ESO. Ada pone en entredicho, incluso, el liderazgo de Ozores a la hora de hablar para no decir nada. Su actitud de cierta comprensión, sino pasividad, ante los manteros y lateros, los desahucios (¿dónde está ahora el activismo social?) o los narcopisos a tutiplén nos enseña de las consecuencias de ese populismo moviente de gelatina.  Por cierto, 700 agentes de los mossos -con un juez al frente, cosa importante-   hicieron falta hace una semana para una intervención peliculera en el Raval ante el feo cariz que estaba tomando el asunto del tráfico y consumo de drogas en el barrio. Nada se había hecho, hasta ahora, pese a la queja de los vecinos. Y no es cosa de la policía ya se sabe que no se mueve sin órdenes, máxime con la que les está cayendo.

Desgraciadamente, considero ya probada la eficacia de las redes de la política populista y, además, tengo la creencia de que son especialmente eficaces entre los más jóvenes, educados como una “generación de videoclip”, de mensaje corto y sencillo. Sumen a ello la polarización que se da en ejes como el de independentismo/constitucionalismo o el otro clásico contemporáneo de monarquía/república.  La simplificación de la política en ejes y eslóganes no ha ayudado a resolver la ecuación. Sólo hace engordar un populismo galopante. Así de fácil se explica el fenómeno del auge de Vox y, de igual modo, aprecio rasgos populistas recientes en el PSOE, en el PP y en Ciudadanos , aparte de los casos citados ya de Convergencia 3.0/ERC  o de Podemos y sus franquicias .

Adjetívenlo luego ustedes, si así se quedan más cómodos, como populismo de izquierdas o de derechas, o bien tíldenlo de independentista o constitucionalista. Basta con ver la tele, escuchar la radio,  leer la prensa o visitar las redes sociales. De ese modo, se comprueba que,  día tras día, hay líderes ya caen en la simpleza de decir lo que (creen que) la gente quiere oír. No reparan en que lo que se espera de los liderazgos políticos es una cierta pedagogía y no una palmadita dialéctica. Simplificar los mensajes y reducir los debates a burdos eslóganes para consumo rápido del votante no resolverá la ecuación planteada ni otro problema alguno. Me temo que esto no se arregla ni dando educación para la ciudadanía  por la tele en hora punta.

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