Publicidad
La Puntita · 22 de Julio de 2019. 07:52h.

RAFAEL ELÍAS

FaceApp

Anda revuelto el patio estos días por causa de una app para móvil -FaceApp se llama- cuya función es envejecer caras, rostros y faces, de ahí el nombre. Dicen que su algoritmo es complejo, aunque de propósito simple: arrugar la jeta cual uva pasa. Los resultados son asombrosos y la gente se lo pasa pipa avejentando retratos propios y ajenos. No debe de ser aún la versión definitiva del programa, ya que sufre de algún cuelgue inoportuno con determinadas caras. Ni lo intenten con la de Jordi Hurtado. Fusión del núcleo. Tampoco predice alopecias. Las melenas se mantienen al viento para tranquilidad del Mocho.

Pero el mayor inconveniente, nos cuentan, es que hemos estado exponiendo nuestros datos, nuestra vida privada y, lo mejor, nuestra vida secreta, que ya decía Sánchez Dragó es la única que puede resultar interesante desde un punto de vista literario. Total que, encima de echarnos años, la KGB nos ha estado espiando -por la cara- y ahora conoce hasta nuestros últimos rincones. Incluso si hablamos catalán en la intimidad. Wow.

Estos informáticos rusos no parecen seguir el modelo de vigilancia lingüística escolar del Gobierno de la Gene, cuya sincronicidad temporal con la FaceApp llama la atención lo suyo.

Y es que, como decía más arriba, el patio anda revuelto, más concretamente la hora del patio, ya que escolares y profes han sido sometidos a espionaje para averiguar si hablan catalán en la intimidad y libertad del recreo.

Sin entrar en valoraciones sobre el sistema utilizado para el estudio -cutre a cojones-, los resultados son elocuentes. El alumnado libre prefiere el castellano. Ello no es una buena ni mala noticia, pero muestra una evidencia de la que probablemente tendrá la culpa España o Franco. La realidad, empero, va por otro lado.

Los experimentos del perro de Pavlov o del pequeño Albert demuestran que la asociación mental de percepciones simultáneas provoca una reacción en el sujeto. Así, la imposición lingüística podría producir un efecto rebote. ¿Chulería? Tal vez. Pero me temo que es más el mal rollo que, desgraciadamente, se asocia a la lengua catalana hoy en día que otra cosa. Inconscientemente, la imagen de odio de los dirigentes nacionalistas, los gritos de las manifestaciones y el enfrentamiento permanente provoca este rechazo en los espíritus libres. Es normal.

Y no parece que el panorama vaya a cambiar en breve. Las posiciones del nacionalismo son cada vez más ultras. Así va a resultar difícil que el catalán vuelva a ser una lengua que inspire simpatía a la juventud y se libere de las arrugas y canas que le han añadido desde la FaceApp del independentismo, dejándola como los pliegues del corazón y del cerebro de una vieja en tiempo de silencio.

Publicidad
Publicidad

0 Comentarios

Publicidad