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La Puntita · 20 de Mayo de 2020. 09:00h.

LUIS CAMPO VIDAL

Escritor

Mi país soñado. 3ª Entrega

EL ORIGEN

Todo empezó en noviembre de 2019 en China, en la provincia de Hubei, cuyo nombre significa norte del lago, haciendo referencia a su posición al norte del lago Dongting.

Decir provincia en China es como decir país en Europa. Hubei tiene 57 millones de habitantes, casi tantos como Italia con 60 millones o Francia con 67.

Su capital es Wuhan, ubicada entre los ríos Yangtsé y Han, tiene una población de 11 millones de habitantes, más que Portugal. La superficie de la ciudad de Wuhan si incluimos su área metropolitana es de 8.467 kilómetros cuadrados, superior a la de toda la provincia de Barcelona que tiene 7.726.

El 31 de diciembre de 2019, la Comisión Municipal de Salud y Sanidad de Wuhan informó a la Organización Mundial de la Salud sobre un grupo de 27 casos de neumonía de etiología desconocida, que tenían en común una exposición en un mercado húmedo mayorista de marisco, pescado y animales vivos, llamado Huanan Seafood Market. Se le llama mercado húmedo porque allí se venden y se matan los animales para ser cocinados y comidos. Hemos de decir que China sufrió muchas hambrunas en el pasado y está acostumbrada a comer de todo, gatos, perros, insectos o escorpiones, parte de la tradición cultural y gastronómica china consiste en comer incluso murciélagos. Tras ese informe, Wuhan empezó a ser sospechosa de ser la fuente de la epidemia.

Uno de los primeros casos conocidos fue una mujer de 57 años que trabajaba en ese mercado. Se sintió mal, con fiebre, fue a una consulta médica, donde compartió sala de espera con muchos otros pacientes. Le dijeron que se trataba de una simple gripe, le recetaron antibióticos y la enviaron a casa, pero la fiebre no cedió y la mujer volvió a otra consulta, de ahí fue trasladada al hospital donde la empezaron a tratar y le diagnosticaron la enfermedad. Ella reconoció que había estado en contacto con mucha gente, incluso tras la primera visita médica volvió a trabajar y siguió despachando mercancía. El agente causante de esta neumonía fue identificado como un nuevo virus de la familia Corona Viridae que posteriormente se ha denominado SARS-CoV-2. El cuadro clínico asociado a este virus se llama COVID-19.

Las autoridades chinas investigaron los contactos que había mantenido aquella paciente hasta que dieron con el primer contagiado por el Coronavirus COVID-19 en China. Se remonta al 17 de noviembre de 2019, según informa el diario South China Morning Post, que ha tenido acceso a documentos del Gobierno de Pekín. El paciente uno es un hombre de 55 años residente en la provincia de Hubei. Los científicos tratan de identificar al paciente cero: el primer contagio de animal a humano.

Aquel mismo día, 17 de noviembre de 2019, nosotros vivíamos en otro mundo. La portada de La Vanguardia publicaba una foto de un manifestante, un señor mayor, sentado en el suelo delante de la estación de tren Barcelona-Sants rodeado por varios Mossos d’Esquadra. El hombre, se supone que formaba parte de los piquetes con los que los CDR intentaban bloquear la circulación de trenes y pretendían impedir la entrada de pasajeros a la estación. Otra de las noticias que llenaban la portada hacía referencia a las negociaciones entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias para formar la coalición que más tarde gobernaría España.

82 días ANTES

La noche del 22 de abril de 2020 habían pasado 82 días desde que el 1 de febrero se detectó el primer caso de COVID-19 en España. Se trataba de un turista alemán que pasaba unos días en las islas Canarias, concretamente en la isla de La Gomera y se había contagiado en un curso de formación en Múnich, donde compartió mesa con una compañera china que tenía familia en Wuhan.

El segundo caso también llegó del exterior y se produjo el 10 de febrero en otra isla, Mallorca. Allí un ciudadano británico había regresado a Palma de Mallorca tras sus vacaciones en los Alpes italianos, donde se supone que se contagió.
Los dos casos fueron dados de alta tras ser aislados previamente y tratados por el personal sanitario. La solución de estos dos casos, ambos importados, desataron unos momentos de euforia entre las autoridades españolas que estaban convencidas de que España había derrotado al COVID-19. Era el 23 de febrero.

Todo fue un espejismo porque el virus ya estaba circulando libremente por el país sin ser detectado. Las noticias llegaban de muy lejos, de China, y nadie advirtió que hasta mediados del mes de enero el aeropuerto de Wuhan mantenía seis vuelos semanales directos a París, tres a Londres y otros tres a Roma. Los virus volaban a razón de dos grandes aviones diarios desde China hacia Europa sin que ninguna frontera pudiera pararlos.

Es cierto que las autoridades chinas atenuaron o censuraron información sobre la gravedad de la infección y la velocidad de su transmisión, pero vivimos en un mundo global, donde los virus viajan a gran velocidad con todos los gastos pagados y sin necesidad de pasaporte ni de solicitar visado. El virus aterrizó en aquellas ciudades europeas cuyos aeropuertos son hubs, centralizan las interconexiones de compañías aéreas. En este caso desde China.

Los europeos fuimos invadidos por el enemigo sin enterarnos, sin presentar ningún tipo de resistencia. Cada pasajero de avión era un caballo de Troya lleno de millones de partículas que se repartían tanto por la cabina de la nave como por el aeropuerto de destino. Cuando los viajeros llegaban a tierra dejaban partículas flotando en las naves, en los fingers, o en los autobuses de transporte a la terminal. Transmitían el virus tanto al personal del aeropuerto como a los pasajeros con los que se cruzaban en los embarques, a los taxistas, o en los coches de las familias o amigos que iban a recibirlos. Las doce horas que dura el vuelo desde China a Europa sirvieron para contagiar al resto de pasajeros y a la tripulación, que cogía el testigo a toda velocidad, como si se tratara de una carrera de relevos de atletismo o natación, para transmitir el COVID-19 a los nuevos pasajeros que viajaban en el siguiente vuelo. No hubo desinfectantes que sanearan los aviones, ni nadie fue examinado, ni por tanto diagnosticado al llegar a los aeropuertos.

Los viajeros llegaban a sus casas, abrazaban y besaban a sus familiares, se reunían en el bar con los amigos y los compañeros de trabajo para explicarles las nuevas aventuras vividas en sus viajes, ¿qué importaba si tosían o estornudaban? Era normal constiparse tras un viaje tan largo, tan normal como sufrir jet lag. Nadie se dio cuenta de lo que estaba pasando, el testigo seguía entregándose sin limitación a todos aquellos y aquellas que daban la bienvenida a los recién llegados. Con la diferencia que en este caso el testigo no era una barra cilíndrica de metal como se intercambian los atletas en las carreras de relevos, sino millones de minúsculas partículas, gotas respiratorias de unas cinco micras de diámetro, que se transmiten a unos dos metros de distancia impulsadas por las toses, los estornudos, el aliento o los simples contactos al estrechar la mano, a nadie se le ocurriría lavarse las manos después de saludar a un amigo. Esas gotas son invisibles para los ojos del ser humano.

El resto de la historia la conocemos todos, la hemos leído, visto y escuchado repetidamente. Los gobernantes de los países no han sabido estar a la altura. Es cierto que ha sido un escenario totalmente nuevo, pero no totalmente imprevisible y que ha cogido a todos como se decía vulgarmente en el siglo pasado “con la correa al cuello”, es decir sorprendidos y avergonzados.

Ni el Gobierno Central, ni los Gobiernos Autonómicos supieron ni saben estar a la altura de las circunstancias. Baste recordar algunos ejemplos como las declaraciones en rueda de prensa de los portavoces del Gobierno de la Generalitat de Catalunya.

El día en que se confirmó el primer infectado por Coronavirus en España, la Consellera de Salut, Alba Vergès y el Secretario de Salud Pública de la Generalitat, Joan Guix, comparecieron en rueda de prensa para informar del asunto. Guix explicó, orgulloso, que dadas las excelencias del sistema sanitario catalán el COVID-19 “difícilmente se podría convertir en un problema de salud pública”. Dos semanas después, cuando la cifra de infectados en España ascendió a tres, Vergés se descolgó diciendo que, en Cataluña, menos que en ningún otro sitio “ni estábamos, ni estamos en ninguna alarma sanitaria. No tenemos ningún riesgo”. Ninguno.

El Mobile World Congress que debía realizarse en Barcelona del 24 al 27 de febrero estaba sufriendo las bajas de importantes expositores como Amazon, LG, Ericsson y Sony por temor al Coronavirus que ya había matado a 908 personas en China. Tanto la Generalitat de Catalunya como el Ayuntamiento de Barcelona rechazaron rotundamente la posibilidad de que el MWC no se fuera a celebrar. Temían perder el impacto económico de más de 400 millones de Euros que ingresaría la ciudad, y la pérdida de más de 12.000 empleos. Según la GSMA, en esa edición estaba prevista la presencia de 109.000 participantes inscritos procedentes de 200 países, 10.000 de los cuales eran chinos.

El Conseller de Polítiques Digitals i Administració Pública, Jordi Puigneró, afirmaba en los micrófonos de RAC1 que “en ningún caso” se suspendería el evento. Insistió en evitar caer en el “miedo al virus” y que no había motivos para que la gente dejase de acudir al MWC. La Assemblea Nacional Catalana (ANC) anunció que presentaría una denuncia “por daños y perjuicios” contra el Gobierno de España a quien responsabilizó de la cancelación del Mobile World Congress (MWC) de Barcelona, viendo en aquella decisión de los organizadores la mano del Gobierno de Madrid para perjudicar la imagen y la economía de Cataluña.

Entre el 19 y el 21 de febrero, ocho empresas de Igualada participaron en Lineapelle, la Feria de Peletería de Milán. En aquellos momentos Italia ya había registrado los primeros casos de Coronavirus. Y aunque las autoridades sanitarias españolas ya pedían a los viajeros que tomaran precauciones, estos no las tomaron. Los Gobiernos Autonómicos de La Rioja y la Comunidad Valenciana, que también asistieron a la Feria de Milán, avisaron a los delegados de sus respectivas Comunidades de los peligros a su regreso de la ciudad italiana. El departamento de Salud Pública de la Generalitat Valenciana recomendó por carta el 24 de febrero a todos los empresarios que habían participado en el evento y en la Feria de Calzado de Milán que acudieran a su médico si notaban el más mínimo síntoma. Cataluña, en cambio, no se puso en contacto con el sector.

Pero el 24 de febrero el Coronavirus ya mataba a discreción en Italia. Mientras, en Barcelona, Joan Guix declaraba: “es difícil pensar que podamos tener una situación como en Italia. El principal problema de salud que tiene Cataluña en ese momento es la gripe y en ella vamos a centrar todos nuestros esfuerzos”. El Coronavirus parecía a sus ojos cosa de otros. Cuando apareció el primer infectado en Cataluña. Alba Vergés lo calificó como algo anecdótico, casi coyuntural. “Hay que remarcar que en ningún caso estamos en una situación como la de Italia. No estamos en pandemia”. Cuatro días más tarde, la Organización Mundial de la Salud (OMS) la contradijo y declaró la pandemia a nivel mundial.

El 29 de febrero Puigdemont no renunció a celebrar un acto organizado por el Consell per la República, junto con la ANC y Òmnium Cultural, en el Parque de las Exposiciones de Perpignan. Acudieron a la convocatoria, más de 100.000 de sus fieles, algunos de los cuales llegaron en autocar desde la ciudad de Igualada repartiendo el virus que los empresarios del textil habían importado desde Italia. El brote de Coronavirus de Igualada se propagó en una comida multitudinaria con 80 invitados celebrada unos días antes y a la que asistieron numerosos sanitarios del hospital de Igualada.

El día 8 de marzo se celebraron decenas de actos en diversas ciudades de toda España para conmemorar el 8-M con la participación de decenas de miles de personas. También se celebraron partidos de fútbol de primera división como el Betis-Real Madrid, el Osasuna-Espanyol, el Valladolid-Athletic, el Levante-Granada, el Villarreal-Leganés, partidos de baloncesto de la Liga ACB. El mismo 8-M Vox celebró en el pabellón de Vistalegre un mitin antifeminista que reunió a 9.000 personas. Javier Ortega Smith dio positivo por Coronavirus unos días más tarde, pero apareció en el acto dando la mano a la gente, sonándose la nariz y tosiendo. El día 11 de marzo, tres días después del 8-M, las misas no se habían suspendido todavía.

La procesión de desaciertos posteriores protagonizados por los líderes políticos, del Gobierno Central y de la oposición, por no decir personajes de opereta como Donald Trump o Boris Johnson, nos convencieron de que los políticos de primera fila eran una banda de incompetentes a los que el día a día ya les venía grande para gestionar la responsabilidad que habían asumido, y la tarea de combatir al COVID-19 les venía inmensa. Con el agravante de que mientras tanto la gente moría, se enfermaba, sufría y se deprimía al estar confinada.
Era inevitable que alguien pusiera en marcha un plan, y nosotros lanzamos EL PLAN.

 

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