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La Puntita · 24 de Febrero de 2020. 08:50h.

RAFAEL ELÍAS

Miguel Hernández

Es curiosa la invocación a la propiedad privada que muestran determinados sectores de la población, y digo curiosa, sí, porque viene precisamente de aquéllos que no presentan un especial cariño por lo privado de los demás, y defienden con ahínco la cosa pública, y sobre todo, la cultura, que eso sí que es progresista y enriquece el espíritu, a todos, sin duda, y a unos pocos también la cartera, sin menor duda aún.

Viene esto al caso por lo reciente de Miguel Hernández, el poeta pastor, el gran Miguel Hernández, poeta del pueblo, el hombre que convertía y sigue convirtiendo las palabras de uso cotidiano en algo mágico y trascendente, el poeta que se hizo solo, entre praderas primero y paredes después, y es precisamente contra un último muro que han chocado sus versos, porque entre unos y otros se han liado con su figura, y tristes, tristes nos han dejado, porque unos dicen que les han robado la lírica del cementerio y los otros que nunca llegó a haberla, así que poca rima pudieron sustraer y que si patatín y que si patatán.

Así, se va polarizando la cultura, porque una cosa lleva a la otra, y el que era el poeta de todos ya sólo lo es de una parte, que lo privatiza y lo hace suyo en exclusividad, gracias a la ineptitud de los gobernantes, y dejan a la otra mitad triste, triste y leyendo a Miguel Hernández en la intimidad, que es como hay que leerlo, por cierto, y a ser posible en la penumbra del dormitorio.

Mal unos y mal los otros. Es buena cosa un poema en un cementerio. Eso no muere. Por supuesto valen los versos de Hernández, “para la libertad me desprendo a balazos de los que han revolcado su estatua por el lodo”, como igual valdrían las últimas palabras de Muñoz Seca, que poco antes de ser fusilado por un tribunal popular republicano, profirió una sentencia irrecurrible: “Podéis quitarme mi hacienda, mi patria, mi fortuna e incluso —como estáis al hacer— mi vida. Pero hay una cosa que no podéis quitarme: ¡el miedo que tengo ahora mismo!”

Estilos diferentes, ideas políticas contrapuestas y la guerra que no cambia, pero que eso no nos haga dividir la cultura entre buenos y malos. Llámense Hernández o Muñoz Seca. Llámense Machado o Josep Pla. Llámense Lorca o d’Ors.

Todos y cada uno de ellos han forjado nuestra historia y nuestra cultura, y todos y cada uno de ellos nos pertenecen, porque lo suyo fue escritura pública, pero no la de los notarios, que ésas versan sobre lo privado, sino la de todos los españoles.

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